“Y levantándose, fue a su padre. Y cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y sintió compasión por él, y corrió, se echó sobre su cuello y lo besó.” Lucas  15:20

La otra noche no dormí del todo bien. La anterior, tampoco. Y creo que una antes… mmm, no, no fue muy buena.

No, no se preocupen, no tengo problemas de insomnio ni nada por el estilo; simplemente estamos a unos pasos de entrar en el último mes de embarazo con mi esposa Marcela, convirtiéndose el sueño en un lujo que no siempre nos podemos dar. No me mal entiendan, ha sido hermoso vivir este tiempo juntos esperando la llegada de nuestro hijito, pero es increible cómo, en los últimos meses, lo que hemos hecho y dejado de hacer ha sido definido en gran parte por nuestro hijo. Y eso que no ha nacido aún!

Poniéndome ahora en el lugar de hijo, es inexplicable la cantidad de veces que mis padres se sacrificaron en beneficio mío, muchas veces en situaciones que yo no merecía recibir el amor que ellos me ofrecían. Es cierto que también se equivocaron, no dejan de ser humanos, pero es verdad que se entregaron una y otra vez por mí.

Sin embargo, aún más inexplicable es que un Ser perfecto, en el que no hay falla alguna, que podría no interesarse en una humanidad que lo rechaza día tras día, haya decidido amarme y amarte. Dios, el Todopoderoso Dios, Creador del cielo y de la tierra, Creador de toda la vida que habita nuestro pequeño planeta, Creador del universo entero, éste mismo Dios es quien quiere convertirse en nuestro Padre Celestial. ¿Por qué? Porque nos ama con un amor tan grande que hasta nos dio a su único Hijo para que los que creamos en Él no nos perdamos, sino que tengamos vida eterna (Juan 3:16).

Incluso cuando pecamos una y otra vez, cuando no hacemos caso a lo que Él dice y, para colmo de males, volvemos a cometer los mismos errores que ya hemos cometido, Él extiende su amor hacia nosotros y con paciencia nos vuelve a acomodar para que podamos seguir andando. No importa cuán bajo hayamos caído: ciertamente Él es bueno; ciertamente su misericordia es para siempre.

Creo que aquí hay un mensaje para todos nosotros. Los que hemos creído en Cristo no debemos dejar de agradecer por este amor inmerecido, ni permitir que el paso del tiempo y el cúmulo de actividades diarias ofusque el disfrute del abrazo amoroso de nuestro Padre Celestial. Los que todavía no han creído en Cristo o los que habiendo creído se han alejado sepan que: hay un Padre deseoso de salir corriendo a su encuentro y recibirlos en su casa como hijos suyos.

Grupo de Jóvenes Saavedra