Hace un tiempo me encontré con una persona que había decidido irse a vivir con su pareja. Me sentí en la necesidad de darle la visión de Dios sobre el vivir juntos o mantener relaciones sin estar casados, sin que haya un pacto aprobado por Dios entre ambos.

Comencé por plantear el tema desde los mandamientos y la definición de qué es el pecado. Pero éste planteo, basado en verdades bíblicas, quedó eclipsado por una respuesta contundente: “Para mí el sexo es algo muy importante y me gusta practicarlo libremente”, me dijo. “Es un factor fundamental en mi vida y así lo quiero, es muy valioso”. La conversación continuó por todo el placer que perdería si tuviera que casarse y comprometerse de por vida con una persona para que, entonces, Dios aprobara sus relaciones sexuales y, además, quedaran restringidas a una sola persona.

Desde ésta mirada, da la sensación que más cantidad es mejor y en absoluta libertad más aún; por oponerse a ésto, pareciera que Dios no está a favor del sexo. Dios destina el sexo en el matrimonio para placer y para la procreación. Es una herramienta de unión, de conexión dentro de la pareja que va más allá de lo que podemos entender. Revisemos esta idea desde dos aspectos:

  • Dios nos revela que su propósito para nosotros, es tener una familia de muchos hijos iguales a Jesús, su primogénito. Entonces, si los hijos son centrales y deben llegar a ser como Jesús, vemos que Dios destina el mejor ámbito para su desarrollo: la familia. Dios no quiso arriesgar su propósito y le dio lo mejor de las cosas que ha creado para que pueda crecer, no escatimó en gastos. Eso es amor. “Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos.” (Romanos 8:29). Como contrapartida clara, vemos que un embarazo fuera del matrimonio deja a los hijos en una posición muy inferior a la que Dios deseó que tuvieran y hace más difícil que en su desarrollo lleguen a ser como Jesús. Para evitar esto, podemos concluir apresuradamente que con un sistema anticonceptivo infalible los hijos salen de la discusión y el propósito de Dios estaría a salvo.
  • El otro aspecto es que Dios puso en la relación sexual más de lo que es solamente necesario para la procreación. Ésto implica el deseo y la atracción que un hombre y una mujer sienten entre sí. Es una parte de la fuerza inexplicable que hace que un hombre mire a una mujer y esté dispuesto a dejar su vida sólo para entrar en una vida más comprometida, con menos libertades y más responsabilidades. Entonces podemos entender que Dios quiere que el sexo tenga lugar en un contexto privilegiado, único, en condiciones bien definidas, que aseguran que los cónyuges puedan disfrutarlo con total libertad. El sexo, sin éste contexto, es semejante al de los animales que no saben con quién se aparean ni con qué fin. Fuera de Dios, el sexo está bastardeado hasta el punto de perder todo significado en la pareja, pasando a ser una actividad en donde cada uno, egoistamente, busca el mayor placer instantáneo. Dios nos quiere para mucho más que para que nos comportemos como animales y desea proteger la intimidad de los cónyugues. “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne.” (Génesis 2:24).

La idea de que “las cosas de manera ilimitada son mejores” es tan infantil como creer que puedo comer siempre las comidas que más me gustan sin límite y que mi organismo no va a enfermarse.

Nos hace bien entender que Dios no restringe el sexo, sino que le da un lugar de privilegio en la vida del hombre, de manera que nuestro desarrollo como personas sea el mejor.

Grupo de Jóvenes Saavedra